Dos días perdidos en la jungla

Mucho habíamos leído, antes de iniciar nuestro viaje, sobre qué cosas podíamos hacer en Laos y ésta era, sin duda, la que más nos llamaba la atención. Sin embargo, no nos llegábamos a imaginar que se convertiría en una de las experiencias más bonitas de nuestra vida. Aventura, autenticidad y naturaleza son las palabras que mejor definirían nuestros dos días por el parque nacional Nam Ha.

DÍA 1

Nuestra aventura comenzaba a las 9.30 de la mañana, hora a la que habíamos quedado con nuestros 2 guías y nuestros 6 compañeros de viaje. Después de hacer una paradita en el mercado local para comprar provisiones, un tuktuk nos llevó hasta el punto donde comenzamos el trekking. Estuvimos durante tres horas y media caminando por el parque nacional. 3 horas y media subiendo, bajando, haciendo equilibrio sobre troncos para poder cruzar los riachuelos (sabemos de una que perdió el equilibrio y acabó en el agua) y rodeados de una naturaleza de una belleza indescriptible.

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No fue una caminanta difícil pero resultó muy interesante. Por el camino nuestro guía nos fue explicando para qué usan los locales los diferentes árboles y plantas y cómo se buscan la comida. Por ejemplo, nos enseñó un árbol con cuya savia hacen pegamento y otro del que extraen la corteza para fabricar aceite para masajes.

A mitad de camino hicimos una parada para comer. El guía desplegó en el suelo unas hojas de platanero a modo de mantel sobre las que puso la comida. Unos trozos de bambú y una ensalada de carne de cerdo era lo único que reconocíamos, lo demás eran unas hierbas y unas salsas que muy apetitosas no se veían… pero acompañadas del famoso sticky rice (un arroz como pegajoso) todo pasa mejor 😉

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Sobre las 3 llegamos al poblado Kamu donde íbamos a dormir. Nada más entrar tuvimos la sensación de haber retrocedido a la época de nuestros abuelos. Aquí los perros, gallinas, cerdos y patos conviven con las familias como si fueran un miembro más. Los niños, descalzos, corretean por las calles polvorientas de arena y juegan a juegos “de los de toda la vida”: a la goma, al tirachinas, al balón. Algunas mujeres encienden sus hogueras para preparar la cena. Otras lavan la ropa en el río. Los hombres se bañan y se lavan los dientes en el río después de una dura jornada de trabajo en sus campos de arroz. Y cuando cae la noche la vida del pueblo se paraliza, se queda totalmente a oscuras porque no hay electricidad y sólo se ven los restos de algunas hogueras y una cantidad de estrellas en el cielo que no habíamos visto nunca antes.

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Estas personas viven de lo que tienen, sus animales, sus campos de arroz y su huerto. Se alimentan de verduras y arroz, cada mes matan a un pollo y una vez al año a un cerdo, y con eso van tirando. Dinero hacen poco y, en realidad, en su día a día no lo necesitan porque tienen todo lo necesario para vivir. El problema viene cuando alguien enferma y los remedios naturales no son suficientes. El precio de los medicamentos es demasiado alto para ellos y, en muchas ocasiones, no pueden permitírselo.

Mientras ellos seguían con su vida con normalidad nosotros intentamos interactuar con ellos, lo que resultó bastante difícil porque una de dos, o son muy tímidos o pasaron olímpicamente de nosotros. Pero con los niños sí que pudimos jugar y pasar un buen rato.

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Para cenar nuestro guía nos preparó una rica sopa de calabaza, otra de pollo (recién matado para nosotros), unas verduras y sticky rice. Y para acompañar, lao lao, el whisky de arroz que preparan los locales. La velada se alargó hasta las ¡19.30! bebiendo lao lao y echándonos buenas risas con el guía. Cuando llegó la hora de dormir nosotros quisimos dormir con una familia del poblado para poder tener una convivencia más cercana con ellos y sentirnos como uno más. Y adivinad cómo nos dieron la bienvenida… con otra botella de lao lao! Entre tanto chupito, risas y clases del idioma local se hizo bastante tarde para nuestros anfitriones y a las 21.30 estábamos durmiendo.

DÍA 2

A las 5 de la mañana, con el canto de los gallos, todo el mundo estaba en pie. Nosotros remoloneamos un poco más. La verdad es que dormir habíamos dormido poco en ese suelo tan duro, escuchando sonidos “extraños” en el exterior y pensando que la puerta estaba abierta y que cualquier bicharraco podía entrar en cualquier momento! Cuando nos levantamos, y notando los efectos del lao lao de la noche anterior, fuimos a dar un paseo por el pueblo. Estaba totalmente desértico, cada uno estaba ya con sus quehaceres diarios.

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Fuimos al colegio y, para nuestra sorpresa, el único profesor del cole era nuestro anfitrión. Ya nos parecía que tenía cara de bonachón! Nos llamó la atención que no había muchos niños y que todos eran bastante pequeños. Más tarde nos contaron que los niños van al cole hasta los 10 años, después para poder seguir estudiando tienen que desplazarse hasta Luang Namtha pero no todas las familias pueden permitírselo. El gobierno da una ayuda sólo a dos alumnos, al que mejor resultados obtiene y al que pertenece a la familia con menos recursos económicos. El resto, si no tiene la suerte de tener unos padres que puedan costeárselo, se quedará en el pueblo ayudando y cuidando de su familia.

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A la vuelta de nuestro paseo el guía nos tenía preparado el desayuno, desayunamos y nos despedimos del grupo. Ellos continuaban su trekking y nosotros íbamos a hacer kayak por el río Nam Ha. Y ésta, también fue una experiencia para recordar… Una pena que no os podamos enseñar fotos… pero no queríamos arriesgarnos a que nuestra cámara acabara en el agua como acabamos nosotros!

La primera hora fue terrible porque no sabíamos cómo hacerlo e íbamos de lado a lado, comiéndonos todos los árboles y, con ellos, cientos de arañas! Y oye, nuestro guía a su bola… a 100 metros por delante y sin decir ni mu. Ni un solo consejo! Cuando ya íbamos cogiendo la marcha paramos en un pueblo similar al anterior pero menos desarrollado. De hecho, Alemania ha subvencionado un proyecto para proporcionar agua al pueblo. 10 minutos más remando y paramos en otro pueblo para comer. Éste sí que nos llamó la atención porque enseguida nos dimos cuenta de que las personas tenían otros rasgos faciales y vestían diferente. Os lo contamos en este vídeo!

Y ya, desde que terminamos de comer hasta que anocheció, estuvimos “kayakeando” sin parar. Nos llovió, pasamos frío, nos quedamos atascados en las rocas mil veces y estuvimos a punto de caernos unas quinientas. Y tanto tentar a la suerte… al final nos caímos, nos golpeamos con alguna roca (tranquilos! no nos hicimos ni un solo rasguño!) y pasamos un poco de miedo hasta que nos sacó nuestro guía del agua. Se nos hizo de noche y fueron 6 horas de kayak interminables. Pero miramos a nuestro alrededor y vimos toda aquella belleza que nos rodeaba y supimos que, ya sólo por eso, todo el esfuerzo había merecido la pena. Estar en medio de la jungla y sentirnos tan pequeños en medio de aquellas montañas frondosas tan altas, escuchando aquel silencio sólo interrumpido por el sonido de la lluvia al caer y el croar de las ranas, es algo que difícilmente volveremos a experimentar en nuestra vida.

5 comentarios el “Dos días perdidos en la jungla

  1. Me encanta !que buen comentario todo real parece que lo estamos viviendo y los vídeos muy buenos .pero como aguantais Pilar te pican los mosquitos jaaja de todo no? Esto lo tenían que ver por el canal viajar o un canal español !que es vaya como hasta hora y feliz Navidad !! Muah muah besos

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    • Pues antes de venir estábamos super preocupados por los mosquitos y hasta vinimos cargados de mosquitera. Pero todavía no la hemos tenido que utilizar! Gracias por seguirnos! Muchos besos y feliz navidad!

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